Que diferentes son las cosas aquí, en Delhi

La ciudad te recibe con una bocanada de aire bochornoso, que yo me zampé de sopetón nada más pisar tierra firme en la noche del 11 de junio. Esta entrada triunfal truncada por el calor, vino acompañada de ráfagas de pensamientos nerviosos que no dejaban de sucederse en mi mente: si el calor es así de asfixiante de noche, no me quiero imaginar cómo será de día, no voy a aguantar aquí ni un mes; ¿qué necesidad tenía yo de irme tan lejos de casa? ¿Y si vuelvo?

Pero Delhi tiene una magia que consigue tranquilizarte. A medida que pasan los días, vas viendo que no es tan costoso acostumbrarse al calor, los apagones, el regateo y el velo de polvo que cubre hasta la última esquina de la ciudad, ahora aún más denso debido al avance a marchas forzadas de las obras en la ciudad con motivo de preparación para los Commonwealth Games 2010 que se celebran en Nueva Delhi este octubre. El tráfico, que a primera vista lo prejuzgué de caótico, a medida que lo fui transitando en rickshaw, fui advirtiendo que está regido estrictamente por unas simples normas, la ley del más fuerte, del más grande y del que tiene la bocina más estridente.

Me encanta cómo este lugar me permite sentir a diario desde la satisfacción, al conseguir entenderme con el vendedor de frutas ambulante e hindi hablante que frecuenta por las mañanas mi bloque; hasta la impotencia provocada por la incharge de la FRRO (Foreigners Regional Registration Office, oficina de inmigración) al negarme el registro tras largas horas de espera, que es un trámite burocrático temido por todos los extranjeros por el que no tendré otro remedio que volver a pasar una vez la propietaria de mi casa regrese de sus vacaciones en Dubai y me firme la carta que tan esencial consideran para el registro.

Ante los diversos contratiempos que pueden surgir durante un día cualquiera, la gente de este lugar del mundo es capaz de transmitir, a quien esté interesado en albergar, un contradictorio positivismo que promulgan con su humor ligero y peculiar, así consiguen a menudo dibujar una sonrisa por encima de mi ceño. Aunque también hay gente negativa en Nueva Delhi que, orgullosos de su occidentalismo, se niegan a lidiar apaciblemente con los que son los males menores de la vida en Delhi. Gente que desde su tarima imaginaria condena esta criticable cultura de castas, al mismo tiempo que la promueve codeándose con los estratos más altos de la sociedad india en pool parties de los hoteles más lujosos de la ciudad.

La India se ve muy bonita desde aquí. Es cierto que la tradición india no te pone las cosas fáciles para que te sumerjas en su cultura, pero tampoco se pone mucho interés ni ganas para salir de esta burbuja tan cómoda que nos traemos a cuestas cada vez que salimos de nuestro impecable mundo desarrollado. Un aislamiento de la realidad acentuado por la venerada costumbre de Occidente de mirar hacia otro lado. Del mismo modo que evitamos la mirada de los niños que mendigan en los semáforos de Delhi, donde aprovechan que la luz roja no nos deje escapar de la cruda realidad, que la India es el país con mayor concentración de personas pobres del planeta.

Aun siendo novata en la ciudad, no voy a quejarme, porque para mí es fácil vivir aquí por el mero hecho de provenir de la otra parte del planeta. Y si voy a vivir esta experiencia única sin apenas salir de este confortable gueto, me veo moralmente obligada a asomar la cabeza y hacer un esfuerzo por comprender lo que pasa fuera, sin repulsiones ni prejuicios. Comienzo por aceptar sin rechistar que las cosas son diferentes en Delhi.

Khan market, Nueva Delhi, India, 2010

Khan market, Nueva Delhi, India, 2010

Publicado el 30 de junio de 2010, en mis Escritos de un año y medio en la India.

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