Caminata de Nyaung Shwe a Kalaw

Cartas de un largo viaje en el Sudeste Asiático: días 41-43

Setenta kilómetros a pie

Día 41

Emprendemos el camino y dejamos el lago Inle a nuestras espaldas, para ir campo a través, entre cultivos, hasta alcanzar una pequeña población. El guía nos invita a entrar a una pequeña plaza cercada, un santuario compuesto de varios adoratorios. Sin querer, nos pone a prueba y pregunta:

– ¿Habéis oído hablar de los treinta y siete nats?

Una afirmación poco contundente por nuestra parte le hace proseguir:

– Son espíritus venerados en la religión budista birmana, y éste es un santuario dedicado al nat guardián de este pueblo.

Tras esta pequeña lección religiosa, recuperamos fuerzas para el siguiente trecho, a la sombra rala de un árbol de flores rojas. A medida que remontamos, los prados sembrados del paisaje, son sustituidos por rocas y tierra cobriza; en el aire más fresco, la montaña desprende un aroma de pino. Al torcer la vista, en el acantilado queda el inmenso lago Inle, reducido a una pequeña mancha estancada en el valle.

Una pista nos lleva hasta el primer alto de la expedición, entre la espesa polvareda que levantan los pocos vehículo al pasar, a modo de anuncio de nuestra cercanía a la población, nos adelantan a paso ligero gente del lugar, mientras cargan dos cubos de agua, con una caña de bambú a modo de balanza.

– Estamos en la época seca del año y deben recolectar el agua de un pozo común, rellenado en la temporada de lluvias. – nos aclara el guía.

Nos acomodamos en un monasterio budista para pasar la noche. Un monje custodia el edificio y además de dar asilo a visitantes, tutela a un grupo de novicios. Durante su infancia, los niños suelen pasar por un monasterio, algunos se quedan una semana y otros toda su vida, pues constituyen la única alternativa como centros de enseñanza, para las familias sin recursos suficientes para costear la educación de sus hijos en una escuela. Las clases son impartidas por monjes y en algunos centros de la capital histórica de Rangún (Yangón), incluso enseñan idiomas, como el inglés o el francés.

Una copiosa cena y el cansancio, se cuelgan de mis párpados. Al caer la noche, una procesión de caldereros, interrumpe el silencio de la oscuridad. Celebran con cánticos la luna llena que pinta de plata la silueta del monasterio. El grupo rodea una hoguera no muy lejos, escucho el chasquido de las ramas.

Día 42

Los cánticos agudos de los niños-monje, anuncian el comienzo del día, adelantándose al sol. Un enérgico desayuno compuesto por una sopa de fideos y una sabrosa pasta de aguacate nos proporciona el empuje para seguir la expedición.

Pasamos una escuela primaria a la que llegan apresuradas niñas y niños, para formar filas en el patio y cantar un himno antes de entrar en las aulas y, acto seguido,  arrodillarse frente a una foto de la Shwedagon Pagoda y seguir con oraciones religiosas. Este ritual antecede a la enseñanza diaria.

Nos adelantan de nuevo, esta vez campesinos y sus bueyes. Rodeamos anfiteatros de campos de arroz secos y descansamos cerca del venerado árbol de Buda -así lo denomina el guía-.

Pocos pasos después de cruzar unas vías de tren, oímos el pitido de la locomotora, la maquinaria suspira vapor y traspasa veloz campos rojizos de tierra y otros dorados de cereales.

A pocos metros alcanzamos un pueblo Pa-O, con el nombre de Lamaing, desde donde subimos una fatigosa cuesta que, tras dos horas, nos eleva a una cima donde descansa otra pequeña aldea. El terreno del monasterio de paredes blancas y marcos azul celeste sirve también de plaza, donde una pandilla de renacuajos juegan alborotados. Al vernos estiran sus sonrisas entre los dos redondeles blancos pintados con Thanaka. Una niña me tira del pelo para peinarme una coleta alta, mientras otras dos curiosean uno de mis libros y esconden una pequeña pipa entre sus páginas. Con las dos manos me lo devuelven para que encuentre su pequeño obsequio, con el hallazgo despierto un coro de risas. Repetirán esta diversión incesantes, hasta su repentina huída a sus hogares, a la hora de la cena, con la puesta de sol; acción que imitamos, retirándonos al interior del monasterio.

Día 43

Una amena caminata matinal nos lleva hasta Kalaw antes del mediodía. El primer edificio que encontramos en nuestro camino es un convento, donde las monjas visten con una túnica rosa y el pelo rapado, al igual que los monjes.

En el centro de Kalaw se desplega un gran mercado en el que merodeamos hasta la hora de subir a un autocar, que nos llevará de vuelta a Rangón, pasando por la capital fantasma de Naypyidaw. Me acomodo, rendida de agotamiento, con la satisfacción de haber superado esta larga caminata. Nos quedaban por delante unos días de esparcimiento en la playa.

Arrozales en la época seca del año, Myanmar, 2012

Arrozales en la época seca del año, Myanmar, 2012

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El lago Inle

Cartas de un largo viaje en el Sudeste Asiático: día 40

Partimos hacia el sur en un bote alargado que salpica una cola de agua. Sentada en una silla ajustada entre dos tablones, veo encoger las Guesthouse y restaurantes del complejo turístico de Nyaung Shwe. Cegada por la luz temprana, vuelvo la vista: el color del lago se fusiona con la bruma, las montañas y el cielo, en un mismo tono gris azulado. En el horizonte, únicamente atisbo las siluetas de los madrugadores pescadores faenar, y su estilo de remo distintivo: en equilibrio con un pie en el borde de la popa, con la otra pierna apoyada en el extremo inferior del remo, impulsan la prolongada embarcación.

La elevada altitud hiela la mañana y la humedad del lago cala hasta los huesos. Por suerte, el curtido patrón nos da un mantón tupido, para resguardarnos. Al bramido de la motora sigue un revoloteo de gaviotas; aguardan a que los pasajeros les lancen migas de pan. Pronto abandonan su persecución al no ver llover alimento.

Transcurrida un hora de trayecto, el barquero hace una primera escala en un mercado matinal, que rota cada día entre cinco pueblos y al que se acercan para la compraventa de bienes, los habitantes del lugar. La mayoría son Intha (hijos del lago), pero también Shan, Pa-o y otras etnias conviven en los numerosos pueblos, a lo largo de los más de veinte kilómetros de longitud del lago.

Pronto debemos volver a la barca, para dirigirnos a la próxima parada de esta excursión: la pagoda Hpaung Daw Oo. Donde se guarecen cinco bustos dorados, estas imágenes de Buda engordan año tras año, a medida que los feligreses les van pegando hojas de oro. Durante el festival anual, celebrado entre los meses de septiembre y octubre, cuatro de estas figuras navegan en una pagoda flotante, pasando una noche y un día en cada pueblo en procesión. Una exposición fotográfica en este templo, relata la historia de cuando solían ser cinco, las imágenes transportadas en las festividades. Hasta los años 1957 y 1965, cuando el hundimiento de la pagoda flotante en la que viajaban de pueblo a pueblo, resultó en la pérdida de una de las imágenes que, misteriosamente, reapareció días más tarde en el monasterio representada con algas. Después de este suceso, decidieron llevar a las celebraciones, sólo las cuatro imágenes que quedaron a bordo.

Sin evitar la parada para almorzar en un restaurante para turistas y picar una ensalada de patata cruda con cacahuetes, reanudamos la excursión con una visitas obligadas a los talleres de artesanía locales. A pesar de su intención comercial, es interesante ver como elaboran la orfebrería, los textiles con seda del tallo de la flor de loto originaria del lago, o tratar de intuir, sin éxito, el aroma a vainilla y otros sabores del tabaco artesanal.

Antes de la marcha del sol, la gente retorna a flote o por las callejuelas de tablones a sus hogares. Las madres y familiares de niños y niñas, aguardar en una barca a que abran las puertas de la escuela. Mientras los pescadores de algas, recogen del fondo, no tan profundo, los últimos montones, para cargarlos en su batel que, apenas un par de centímetros, evitan de ser hundido. En estos terrenos pantanosos, hay una importante actividad agraria, entre sus canales, se esconden largos pasillos de jardines flotantes. El patrón nos invita a empaparnos las zapatillas, con un salto a estas alfombras de cultivos.

Me ensimismo con la puesta de sol, perpleja e inundada, una vez más, por ver a poblaciones persistir rodeadas de agua, sin que esto sea un inconveniente del día a día, sino su fundamento. He de desembarcar y poner los pies en el suelo, para volver al albergue, donde recobro fuerzas  para el largo camino que empieza mañana, mientras escribo esta carta.

Boga y boga en el lago Inle, Myanmar, 2012

Boga y boga en el lago Inle, Myanmar, 2012

Bagan: un jardín de templos

Cartas de un largo viaje en el Sudeste Asiático: día 36

 

A Bagan llegamos en el preludio de la noche, a bordo de un ferry que zarpó muchas horas antes, en la oscuridad de Mandalay. Desde el albor templó el aire en la cubierta de la embarcación sin resguardo, que navegó por el río Ayeyarwady (Irrawady), mientras el sol completaba su función; el té con leche y tentempiés alentaron esta pausada travesía, hasta atracar en nuestro destino.

Cuando el día siguiente amaneció, me hice con una bicicleta con la que transitar por una meseta árida, seguida por una polvorosa estela, entre los rojizos templos budistas y apercibí: “parecen brotar como flores amanojadas, entre la verde espesura, formando un ramo casi milenario”.

Como antigua capital del primer imperio Birmano, en el año 1057 el rey Anawrahta hizo de Bagan un centro espiritual budista, y nombró oficial esta religión para unificar su Estado. Desde entonces la llanura se fue llenando con miles de templos, hasta su declive a finales del siglo XIII d. C. Muchas de estas estructuras no resistieron el abandono por parte de sus gobernantes, por miedo a una invasión china; ni los saqueos, atribuidos a los mongoles de Gengis Kan; o las luchas posteriores entre los shan, mon y bamar; además de las adversidades del tiempo, como el terremoto de 1975.

Nada queda de los antiguos palacios y monasterios construidos en madera pero, después de los trabajos de restauración, se pueden visitar hoy más de un millar de stupas, pagodas y templos en este recinto arqueológico. Los conserjes permiten el acceso a los espacios cavernosos del interior, para contemplar los frescos antiguos escondidos. Cuando templa la luz del día, resarce la calidez de la jornada, para ir al exterior de las estructuras piramidales y trepar por sus escalinatas. Desde lo alto se contempla un paisaje al que rendir culto.

Bagan, Myanmar, 2012

Bagan, Myanmar, 2012