El patrimonio del centro de Vietnam: Hué, Hoi An y My Son

Cartas de un largo viaje en el Sudeste Asiático: día 70

Este centro geográfico, es también cultural, pues alberga tres Patrimonios de la Humanidad: la Antigua Ciudad de Hoi An, el Santuario My Son y el Conjunto de Monumentos de Hué.

Hoi An (Faifo)

Entre los siglos XV y XIX fue un puerto comercial del pueblo Champa, y en la ciudad convivieron pueblos provenientes de diversas culturas, de lo que es reflejo su arquitectura de una peculiar combinación de estilos extranjeros y autóctonos. Monumentos del centro histórico de esta ciudad portuaria, están hoy en exposición, como: el emblemático puente cubierto japonés, que unía el barrio nipón al barrio chino y cuyas estatuas a ambos lados indican que fue acabado, en el año del Perro a finales del siglo XVI; la vieja casa Phung Hung, construida en 1780 sobre ochenta pilares de madera que es reminiscencia del mestizaje de culturas con englobando los estilos arquitectónicos vietnamita, chino y japonés; la casa comunal cantonesa (de la Congregación china Quang Dong) con bajorrelieves y pinturas tradicionales chinas; la casa sino-vietnamita de Tan Ky del siglo XVIII; o la capilla de la familia Tran, regida por la treceava generación del linaje de aquel emigrante mandarín que la erigió.

A un agradable paseo en bicicleta desde esta ciudad costera, después de atravesar los anchos campos de arroz, se extienden dos playas magníficas: An Bang y Cua Dai.

Hoi An, Vietnam, 2012

Hoi An, Vietnam, 2012

My Son

A 40 kilómetros de Hoi An se encuentra el santuario de My Son, centro religioso y político de la civilización Champa, entre los siglos IV y XIII. Este conjunto de templos dedicado a Shiva, es un ejemplo excepcional de la introducción de la arquitectura hinduista en Asia Sudoriental. Los bombardeos americanos arrasaron parte de las alrededor de setenta obras arquitectónicas, al servir estas ruinas de guarida al Viet Cong, de los que una veintena de edificios resisten en buen estado. Estos vestigios son el testimonio artístico más importante del Reino Champa. El misterio arquitectónico de la anexión de los ladrillos rojos por sus maestros, ha dado lugar a numerosas teorías que no han conseguido descifrar con certeza el “cemento milenario” que hace que estos templos-torre sigan en pie hoy en día.

Hué

Un tren une Da Nang y Hué, por el litoral. Las vistas al mar merecen este trayecto a la antigua capital imperial de la dinastía Nguyen. La ciudadela, las tumbas reales, los monumentos y pagodas en ambas orillas del río de los Perfumes que atraviesa Hue, prueban la grandeza de este centro político, cultural y religioso del Vietnam unificado desde 1802 hasta 1945. El Emperador Gia Long construyó la Ciudadela de Hue en 1805; la imponente puerta sur es un ejemplo de arquitectura defensiva asiática y da acceso a esta extensa fortaleza que cerca entre sus murallas la Ciudad Imperial, la Ciudad Púrpura Prohibida y la Capital, además de templos, el teatro real, una biblioteca, miradores, jardines y palacios.

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Caminata de Nyaung Shwe a Kalaw

Cartas de un largo viaje en el Sudeste Asiático: días 41-43

Setenta kilómetros a pie

Día 41

Emprendemos el camino y dejamos el lago Inle a nuestras espaldas, para ir campo a través, entre cultivos, hasta alcanzar una pequeña población. El guía nos invita a entrar a una pequeña plaza cercada, un santuario compuesto de varios adoratorios. Sin querer, nos pone a prueba y pregunta:

– ¿Habéis oído hablar de los treinta y siete nats?

Una afirmación poco contundente por nuestra parte le hace proseguir:

– Son espíritus venerados en la religión budista birmana, y éste es un santuario dedicado al nat guardián de este pueblo.

Tras esta pequeña lección religiosa, recuperamos fuerzas para el siguiente trecho, a la sombra rala de un árbol de flores rojas. A medida que remontamos, los prados sembrados del paisaje, son sustituidos por rocas y tierra cobriza; en el aire más fresco, la montaña desprende un aroma de pino. Al torcer la vista, en el acantilado queda el inmenso lago Inle, reducido a una pequeña mancha estancada en el valle.

Una pista nos lleva hasta el primer alto de la expedición, entre la espesa polvareda que levantan los pocos vehículo al pasar, a modo de anuncio de nuestra cercanía a la población, nos adelantan a paso ligero gente del lugar, mientras cargan dos cubos de agua, con una caña de bambú a modo de balanza.

– Estamos en la época seca del año y deben recolectar el agua de un pozo común, rellenado en la temporada de lluvias. – nos aclara el guía.

Nos acomodamos en un monasterio budista para pasar la noche. Un monje custodia el edificio y además de dar asilo a visitantes, tutela a un grupo de novicios. Durante su infancia, los niños suelen pasar por un monasterio, algunos se quedan una semana y otros toda su vida, pues constituyen la única alternativa como centros de enseñanza, para las familias sin recursos suficientes para costear la educación de sus hijos en una escuela. Las clases son impartidas por monjes y en algunos centros de la capital histórica de Rangún (Yangón), incluso enseñan idiomas, como el inglés o el francés.

Una copiosa cena y el cansancio, se cuelgan de mis párpados. Al caer la noche, una procesión de caldereros, interrumpe el silencio de la oscuridad. Celebran con cánticos la luna llena que pinta de plata la silueta del monasterio. El grupo rodea una hoguera no muy lejos, escucho el chasquido de las ramas.

Día 42

Los cánticos agudos de los niños-monje, anuncian el comienzo del día, adelantándose al sol. Un enérgico desayuno compuesto por una sopa de fideos y una sabrosa pasta de aguacate nos proporciona el empuje para seguir la expedición.

Pasamos una escuela primaria a la que llegan apresuradas niñas y niños, para formar filas en el patio y cantar un himno antes de entrar en las aulas y, acto seguido,  arrodillarse frente a una foto de la Shwedagon Pagoda y seguir con oraciones religiosas. Este ritual antecede a la enseñanza diaria.

Nos adelantan de nuevo, esta vez campesinos y sus bueyes. Rodeamos anfiteatros de campos de arroz secos y descansamos cerca del venerado árbol de Buda -así lo denomina el guía-.

Pocos pasos después de cruzar unas vías de tren, oímos el pitido de la locomotora, la maquinaria suspira vapor y traspasa veloz campos rojizos de tierra y otros dorados de cereales.

A pocos metros alcanzamos un pueblo Pa-O, con el nombre de Lamaing, desde donde subimos una fatigosa cuesta que, tras dos horas, nos eleva a una cima donde descansa otra pequeña aldea. El terreno del monasterio de paredes blancas y marcos azul celeste sirve también de plaza, donde una pandilla de renacuajos juegan alborotados. Al vernos estiran sus sonrisas entre los dos redondeles blancos pintados con Thanaka. Una niña me tira del pelo para peinarme una coleta alta, mientras otras dos curiosean uno de mis libros y esconden una pequeña pipa entre sus páginas. Con las dos manos me lo devuelven para que encuentre su pequeño obsequio, con el hallazgo despierto un coro de risas. Repetirán esta diversión incesantes, hasta su repentina huída a sus hogares, a la hora de la cena, con la puesta de sol; acción que imitamos, retirándonos al interior del monasterio.

Día 43

Una amena caminata matinal nos lleva hasta Kalaw antes del mediodía. El primer edificio que encontramos en nuestro camino es un convento, donde las monjas visten con una túnica rosa y el pelo rapado, al igual que los monjes.

En el centro de Kalaw se desplega un gran mercado en el que merodeamos hasta la hora de subir a un autocar, que nos llevará de vuelta a Rangón, pasando por la capital fantasma de Naypyidaw. Me acomodo, rendida de agotamiento, con la satisfacción de haber superado esta larga caminata. Nos quedaban por delante unos días de esparcimiento en la playa.

Arrozales en la época seca del año, Myanmar, 2012

Arrozales en la época seca del año, Myanmar, 2012

El lago Inle

Cartas de un largo viaje en el Sudeste Asiático: día 40

Partimos hacia el sur en un bote alargado que salpica una cola de agua. Sentada en una silla ajustada entre dos tablones, veo encoger las Guesthouse y restaurantes del complejo turístico de Nyaung Shwe. Cegada por la luz temprana, vuelvo la vista: el color del lago se fusiona con la bruma, las montañas y el cielo, en un mismo tono gris azulado. En el horizonte, únicamente atisbo las siluetas de los madrugadores pescadores faenar, y su estilo de remo distintivo: en equilibrio con un pie en el borde de la popa, con la otra pierna apoyada en el extremo inferior del remo, impulsan la prolongada embarcación.

La elevada altitud hiela la mañana y la humedad del lago cala hasta los huesos. Por suerte, el curtido patrón nos da un mantón tupido, para resguardarnos. Al bramido de la motora sigue un revoloteo de gaviotas; aguardan a que los pasajeros les lancen migas de pan. Pronto abandonan su persecución al no ver llover alimento.

Transcurrida un hora de trayecto, el barquero hace una primera escala en un mercado matinal, que rota cada día entre cinco pueblos y al que se acercan para la compraventa de bienes, los habitantes del lugar. La mayoría son Intha (hijos del lago), pero también Shan, Pa-o y otras etnias conviven en los numerosos pueblos, a lo largo de los más de veinte kilómetros de longitud del lago.

Pronto debemos volver a la barca, para dirigirnos a la próxima parada de esta excursión: la pagoda Hpaung Daw Oo. Donde se guarecen cinco bustos dorados, estas imágenes de Buda engordan año tras año, a medida que los feligreses les van pegando hojas de oro. Durante el festival anual, celebrado entre los meses de septiembre y octubre, cuatro de estas figuras navegan en una pagoda flotante, pasando una noche y un día en cada pueblo en procesión. Una exposición fotográfica en este templo, relata la historia de cuando solían ser cinco, las imágenes transportadas en las festividades. Hasta los años 1957 y 1965, cuando el hundimiento de la pagoda flotante en la que viajaban de pueblo a pueblo, resultó en la pérdida de una de las imágenes que, misteriosamente, reapareció días más tarde en el monasterio representada con algas. Después de este suceso, decidieron llevar a las celebraciones, sólo las cuatro imágenes que quedaron a bordo.

Sin evitar la parada para almorzar en un restaurante para turistas y picar una ensalada de patata cruda con cacahuetes, reanudamos la excursión con una visitas obligadas a los talleres de artesanía locales. A pesar de su intención comercial, es interesante ver como elaboran la orfebrería, los textiles con seda del tallo de la flor de loto originaria del lago, o tratar de intuir, sin éxito, el aroma a vainilla y otros sabores del tabaco artesanal.

Antes de la marcha del sol, la gente retorna a flote o por las callejuelas de tablones a sus hogares. Las madres y familiares de niños y niñas, aguardar en una barca a que abran las puertas de la escuela. Mientras los pescadores de algas, recogen del fondo, no tan profundo, los últimos montones, para cargarlos en su batel que, apenas un par de centímetros, evitan de ser hundido. En estos terrenos pantanosos, hay una importante actividad agraria, entre sus canales, se esconden largos pasillos de jardines flotantes. El patrón nos invita a empaparnos las zapatillas, con un salto a estas alfombras de cultivos.

Me ensimismo con la puesta de sol, perpleja e inundada, una vez más, por ver a poblaciones persistir rodeadas de agua, sin que esto sea un inconveniente del día a día, sino su fundamento. He de desembarcar y poner los pies en el suelo, para volver al albergue, donde recobro fuerzas  para el largo camino que empieza mañana, mientras escribo esta carta.

Boga y boga en el lago Inle, Myanmar, 2012

Boga y boga en el lago Inle, Myanmar, 2012

Bagan: un jardín de templos

Cartas de un largo viaje en el Sudeste Asiático: día 36

 

A Bagan llegamos en el preludio de la noche, a bordo de un ferry que zarpó muchas horas antes, en la oscuridad de Mandalay. Desde el albor templó el aire en la cubierta de la embarcación sin resguardo, que navegó por el río Ayeyarwady (Irrawady), mientras el sol completaba su función; el té con leche y tentempiés alentaron esta pausada travesía, hasta atracar en nuestro destino.

Cuando el día siguiente amaneció, me hice con una bicicleta con la que transitar por una meseta árida, seguida por una polvorosa estela, entre los rojizos templos budistas y apercibí: “parecen brotar como flores amanojadas, entre la verde espesura, formando un ramo casi milenario”.

Como antigua capital del primer imperio Birmano, en el año 1057 el rey Anawrahta hizo de Bagan un centro espiritual budista, y nombró oficial esta religión para unificar su Estado. Desde entonces la llanura se fue llenando con miles de templos, hasta su declive a finales del siglo XIII d. C. Muchas de estas estructuras no resistieron el abandono por parte de sus gobernantes, por miedo a una invasión china; ni los saqueos, atribuidos a los mongoles de Gengis Kan; o las luchas posteriores entre los shan, mon y bamar; además de las adversidades del tiempo, como el terremoto de 1975.

Nada queda de los antiguos palacios y monasterios construidos en madera pero, después de los trabajos de restauración, se pueden visitar hoy más de un millar de stupas, pagodas y templos en este recinto arqueológico. Los conserjes permiten el acceso a los espacios cavernosos del interior, para contemplar los frescos antiguos escondidos. Cuando templa la luz del día, resarce la calidez de la jornada, para ir al exterior de las estructuras piramidales y trepar por sus escalinatas. Desde lo alto se contempla un paisaje al que rendir culto.

Bagan, Myanmar, 2012

Bagan, Myanmar, 2012

Little Koh Chang, la isla secreta

Cartas de un largo viaje en el Sudeste Asiático: día 17

La pequeña isla Elefante remoja en el mar de Andamán su playa negra, colmada de espirales de bolas de arena, esculpidas por los cangrejos artesanos. Es un remanso redimido de la plaga del turismo en masa y la californication que embrolló a Tailandia hace ya mucho tiempo. Sin embargo, la marea salvó este escondite que sus visitantes asiduos evitan divulgar.

Desde la orilla poniente, cuando el sol despide el día, emerge de las profundidades, la silueta de la costa birmana, engalanada con los farolillos de los barcos pesqueros. Salen a alta mar y a babor nos ven diminutos, a los fugaces isleños.

Little Koh Chang, cerca de Ranong, Tailandia, 2012.

Little Koh Chang, cerca de Ranong, Tailandia, 2012.

Diez días entre cocoteros en las islas Andamán

  Una cordillera recóndita en el océano Índico, se extiende bajo el mar desde Indonesia hasta Birmania y saca sus cimas a la superficie creando un archipiélago de más de trescientas islas. La India atesora en el Golfo de Bengala este paraíso natural, ignorado por el turismo masivo. Las islas Andamán son un lugar para perderse, donde el preservado encanto salvaje, hace idílicas las vacaciones.

Llegada a las islas

   Los visitantes extranjeros requieren del RAP (Restrited Area Permit), un permiso de entrada restringido a determinadas áreas de las islas Andamán; se proporciona de manera gratuita a la llegada al aeropuerto de Port Blair. Éste permite el acceso a algunas zonas de las islas y se requiere en los controles de entrada y salida de cada zona, isla, barco, alojamiento, etc. Se prohíbe el paso a parte de las islas Andamán y a la totalidad de las vecinas islas Nicobar, con el fin de proteger la biodiversidad del lugar y de respetar a las tribus aborígenes.

Las tribus

   Doce eran las tribus indígenas de estas islas hasta el siglo XVIII, cuando llegaron los colonos, y las consecuentes pérdidas de territorio y enfermedades. La secuela, un detrimento en el número de miembros, con una caída de cinco mil a cuatrocientos, amenaza su subsistencia.

   Tribus como los Onge, aborígenes de Little Andamán, han visto diezmada su población, tras la colonización británica y, después, la india. De los 672 que eran en 1901, hoy tan solo quedan 100. El territorio del que disponían se ha visto reducido a la tercera parte, tras la invasión, obligándoles a ser dependientes de los subsidios y a vivir en una reserva tribal.

Port Blair, antigua colonia penal

   El lugar de entrada por mar y aire a las islas es la base para viajar en los barcos que zarpan desde sus puertos, al resto del territorio.

   Los británicos hicieron de la capital, una colonia penal al construir una cárcel en Port Blair para enchironar a los activistas políticos envueltos en la Rebelión de la India de 1857. La prisión es ahora un monumento conmemorativo y principal punto de interés turístico. Tiene forma celular, de ahí su nombre “Cell Jail”, con siete alas alrededor de una atalaya central. Sus muros encerraron atrocidades perpetradas contra los reclusos, dando a las islas su pavoroso nombre de “Kala Pani” (aguas negras). Parte de esta prisión fue destruida durante la Segunda Guerra Mundial por las tropas japonesas; y para cuando volvieron los británicos en 1945 se cerró, para perdurar como símbolo de la opresión colonial.

Un mundo incomparable bajo el mar

   Desde el puerto de Phoenix Bay en Port Blair parten barcos a Ross Island y North Bay. Ross Island (cerrada los miércoles), fue una base insular de los administradores británicos, todavía alberga edificios de estilo colonial y en ésta aún quedan vestigios de las instalaciones dejadas por los japoneses, cuando en 1941 la convirtieron en un campo de prisioneros de guerra. Las aguas que abrazan la bahía de North Bay son ideales para el buceo.

   Desde Wandoor (a 30 kilómetros por carretera de Port Blair) se extiende el Parque Nacional de Mahatma Gandhi, con miles de bahías, arrecifes de coral, lagunas, selvas tropicales y manglares, repletos de vida bajo el mar. Desde su puerto salen barcos hacia las diez de la mañana a Jolly Buoy, el mejor sitio para el buceo por tener las mejores vistas submarinas, y a la isla Redskin, que tiene una senda natural.

Alojamiento en Port Blair:   Recomiendo la pensión en la que nos alojamos, por la amabilidad de sus dueños y la conveniente ubicación en el Aberdeen Bazar.

Amina Lodge (400 INR por la habitación doble Singapur), Sahil Manzil, MB-11, Aberdeen Bazar, Port Blair. Telf.: +91 9933258703

Havelock

Havelock, Andaman, 2011

Havelock, Islas Andamán, 2011

   La isla de Havelock, en el archipiélago Ritchie, es la más popular, además de por su cercanía a la capital (40 kilómetros al noreste), por disponer de numerosos resorts, un gran bazar y todas las comodidades para los viajeros, por sus playas vírgenes. La playa Radhnagar (la número siete) de arena blanca y aguas cristalinas, es un auténtico paraíso. Los auto-rickshaw cobran 400 rupias por la ida y la vuelta a esta playa. Otra opción es alquilar una moto (por 250 rupias al día) para ir a esta playa y también poder explorar la isla de cabo a rabo.

Los elefantes nadan en el mar y pasean en la playa de esta isla, adonde estos paquidermos fueron originariamente traídos para la industria maderera.

 ¿Cómo llegar?

   Hay varios barcos a lo largo del día que conectan Port Blair y Havelock (250 rupias aprox.), el trayecto es de dos o cuatro horas, si el barco va vía Neil Island. Hay también compañías privadas que ofrecen un trayecto de hora y media en catamarán y con las que se llega en hora y media, pero triplican el precio del viaje.

Horarios:

Desde Port Blair a Havelock a las 6:30 y 11 horas de la mañana, a diario.

Desde Havelock a Port Blair a las 2, 3, 4 y 4:30 horas, a diario. Los domingos, martes y jueves un barco zarpa a las 9:30 horas de la mañana (vía Neil Island).

También hay barcos que navegan desde Havelock a Long Island y Neil Island.

Little Andaman, la perla del viaje.

Esta gran isla, a pesar de su nombre, muy pocos llegan a visitarla al ser la más sureña y lejana (a 120 kilómetros de Port Blair y 6 u 8 horas de trayecto en barco). Sin embargo, bien merece la pena acercarse a disfrutar de sus playas, aguas cristalinas, cataratas y junglas.

A su costa acompañan playas maravillosas por descubrir. Butler Bay es la más conocida, precedida de Kala Patthar, un espléndido lugar para bañarse con marea alta en sus templadas aguas, separadas por un dique de rocas negras del mar, pero con cuidado de no pisar al pez piedra.

Desde Hut Bay, en dirección al faro, un sendero atraviesa un bosque de palmeras y después una espesa selva, hasta llegar al faro.

Otro tesoro natural de Little Andaman son sus cataratas. A White Surf (a 6,5 km de Hut Bay) es sencillo llegar y está preparada para recibir visitas (cuesta cincuenta rupias la entrada).

Hay una segunda catarata, a la que se puede llegar por la carretera de la plantación de aceite de palma roja, pasando las últimas aldeas antes de adentrarse en la jungla. En esta travesía no es fácil librarse de los ataques de mosquitos y las plantas espinosas.

La gran ola

Los habitantes de esta isla son supervivientes del tsunami de 2004, consecuencia de un previo terremoto en el océano Índico, el cual devastó la isla. A lo largo de su costa se pueden ver los grandes árboles caídos, cuyas raíces arrancó el mar de la tierra.

Desde entonces se han tomado medidas de precaución, se han construido refugios permanentes en terrenos más altos para quienes perdieron sus casas, se han instalado radares de alerta de seísmos y se han recobrado parte de los negocios perdidos y creado nuevos. Como la pensión en la que nos hospedamos, abierta hace apenas dos mes y llevada por Ranjan, quien nos dio emocionado su testimonio de la tragedia: “Sentí el terremoto de unos cinco minutos, sobre las seis de la mañana, al que siguió en media hora la gran ola, una pared de diez metros se acercaba por el mar, al verla me quedé paralizado, y me gritaron para que reaccionara y corriera a la montaña. En total fueron tres olas grandes y seis pequeñas, una de las cuales me llegó a llevar. Subí a una alto con mi mujer e hijos, donde esperamos desolados”. Recordaba con tristeza que desde entonces, no ha vuelto a llevar a sus hijos a la playa.

¿Cómo llegar?

Un barco zarpa a diario a las 6 de la mañana desde el puerto de Port Blair. Para la vuelta, el barco diario parte a las 13:00 horas desde Hut Bay en Little Andaman.

El trayecto tanto de ida como de vuelta tarda seis u ocho horas, dependiendo del tipo de barco: el ferry grande es más lento, tarda ocho horas y media, y cuesta 55 rupias; el barco rápido, cuesta 25 rupias y tarda seis horas. En cuál se viaje dependerá del día, no de la elección del pasajero o la pasajera.

Conviene tener en cuenta…

   Las oficinas de Phoenix Bay en Port Blair y de Hut Bay en Little Andaman, son los únicos lugares en los que se pueden obtener los billetes de barco. Se han de comprar yendo en persona a la oficina, al menos con dos días de antelación. En la taquilla solicitan la entrega de una fotocopia del permiso de áreas restringidas, además de paciencia para las colas de espera. La oficina en Port Blair abre a las 9, pero conviene llegar antes. Los horarios de la oficina que expide los billetes en Hut Bay son de 9 a 12 y media, por la mañana; y de 2 a 4 por la tarde.

Las malas condiciones climáticas pueden hacer cancelar el viaje.

Alojamiento en Little Andaman:

Los resort en oferta en la isla se pueden contar con los dedos de una mano, la mayoría con servicios básicos.

El resort que recomiendo abrió recientemente, en marzo de este año y dispone de cabañas con servicios básicos, aunque se prevén mejoras para la próxima temporada alta. Se pueden alquilar motos por 250 INR al día, un buen medio de transporte para explorar la isla. Los deliciosos desayunos constan de batidos de mango y crepes de coco, plátano y chocolate; y por la noche, cocinan pescado fresco, traído por los pescadores en el mismo día, para cenar y reponer fuerzas al fresco.

Jina Resort (200 INR, la cabaña doble), Netaji Nagar, 11 km, Little Andaman.

Tel.: 9476038057 (Ranjan); 9439276758 (Mantu Das, propietario)

Flora y fauna

Las islas Andamán y Nicobar engloban tres tipos de ecosistemas: la selva tropical, el manglar y el arrecife de coral. Con una gran variedad de vida vegetal y animal.

Nadan en sus aguas grandes especies como el cocodrilo marino, el mayor reptil del planeta. Se recomienda precaución para evitar ataques de estos cocodrilos, en marismas, ríos y sus desembocaduras, sobre todo durante el monzón; pues cada año se registran ataques a personas.

Publicado el 27 de abril de 2011 en Escritos de un año y medio en la India.

 

Que diferentes son las cosas aquí, en Delhi

La ciudad te recibe con una bocanada de aire bochornoso, que yo me zampé de sopetón nada más pisar tierra firme en la noche del 11 de junio. Esta entrada triunfal truncada por el calor, vino acompañada de ráfagas de pensamientos nerviosos que no dejaban de sucederse en mi mente: si el calor es así de asfixiante de noche, no me quiero imaginar cómo será de día, no voy a aguantar aquí ni un mes; ¿qué necesidad tenía yo de irme tan lejos de casa? ¿Y si vuelvo?

Pero Delhi tiene una magia que consigue tranquilizarte. A medida que pasan los días, vas viendo que no es tan costoso acostumbrarse al calor, los apagones, el regateo y el velo de polvo que cubre hasta la última esquina de la ciudad, ahora aún más denso debido al avance a marchas forzadas de las obras en la ciudad con motivo de preparación para los Commonwealth Games 2010 que se celebran en Nueva Delhi este octubre. El tráfico, que a primera vista lo prejuzgué de caótico, a medida que lo fui transitando en rickshaw, fui advirtiendo que está regido estrictamente por unas simples normas, la ley del más fuerte, del más grande y del que tiene la bocina más estridente.

Me encanta cómo este lugar me permite sentir a diario desde la satisfacción, al conseguir entenderme con el vendedor de frutas ambulante e hindi hablante que frecuenta por las mañanas mi bloque; hasta la impotencia provocada por la incharge de la FRRO (Foreigners Regional Registration Office, oficina de inmigración) al negarme el registro tras largas horas de espera, que es un trámite burocrático temido por todos los extranjeros por el que no tendré otro remedio que volver a pasar una vez la propietaria de mi casa regrese de sus vacaciones en Dubai y me firme la carta que tan esencial consideran para el registro.

Ante los diversos contratiempos que pueden surgir durante un día cualquiera, la gente de este lugar del mundo es capaz de transmitir, a quien esté interesado en albergar, un contradictorio positivismo que promulgan con su humor ligero y peculiar, así consiguen a menudo dibujar una sonrisa por encima de mi ceño. Aunque también hay gente negativa en Nueva Delhi que, orgullosos de su occidentalismo, se niegan a lidiar apaciblemente con los que son los males menores de la vida en Delhi. Gente que desde su tarima imaginaria condena esta criticable cultura de castas, al mismo tiempo que la promueve codeándose con los estratos más altos de la sociedad india en pool parties de los hoteles más lujosos de la ciudad.

La India se ve muy bonita desde aquí. Es cierto que la tradición india no te pone las cosas fáciles para que te sumerjas en su cultura, pero tampoco se pone mucho interés ni ganas para salir de esta burbuja tan cómoda que nos traemos a cuestas cada vez que salimos de nuestro impecable mundo desarrollado. Un aislamiento de la realidad acentuado por la venerada costumbre de Occidente de mirar hacia otro lado. Del mismo modo que evitamos la mirada de los niños que mendigan en los semáforos de Delhi, donde aprovechan que la luz roja no nos deje escapar de la cruda realidad, que la India es el país con mayor concentración de personas pobres del planeta.

Aun siendo novata en la ciudad, no voy a quejarme, porque para mí es fácil vivir aquí por el mero hecho de provenir de la otra parte del planeta. Y si voy a vivir esta experiencia única sin apenas salir de este confortable gueto, me veo moralmente obligada a asomar la cabeza y hacer un esfuerzo por comprender lo que pasa fuera, sin repulsiones ni prejuicios. Comienzo por aceptar sin rechistar que las cosas son diferentes en Delhi.

Khan market, Nueva Delhi, India, 2010

Khan market, Nueva Delhi, India, 2010

Publicado el 30 de junio de 2010, en mis Escritos de un año y medio en la India.